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Diego
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Carmen Aristegui F.
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Al entregar esta colaboración, todavía no había noticia sobre el paradero de Diego Fernández de Cevallos. Su desaparición seguía siendo: "un misterio", como ha dicho Felipe Calderón.
¿Qué sucedió con el ex candidato presidencial, del que sólo se encontraron objetos personales y rastros de sangre cerca de la camioneta que él mismo manejaba? Por el momento sólo se pueden hacer conjeturas o hipótesis.
Con la información disponible, caben algunas: desde un secuestro por razones económicas; una venganza profesional o personal; una señal del crimen organizado; un secuestro de Estado; la captura con fines de intercambio; una acción de la guerrilla -aunque el EPR se deslindó de inmediato- o hasta un simple robo, si se sabe que portaba en efectivo la cantidad de 100 mil pesos.
Las hipótesis están abiertas y la sociedad mexicana tiene derecho a estar informada para analizar, en el contexto que hoy vivimos, sobre lo sucedido en torno a un hombre, que aun ahora que no desempeña un cargo o representación popular, sigue ejerciendo una importante influencia en la vida pública nacional.
Por eso, y por otras razones, ha causado estupor la insólita declaratoria de autocensura que ha emitido la principal televisora del país.
El anuncio de no informar hasta que llegue el desenlace produce perplejidad. Es entendible, y hasta loable, que un medio que tenga información sobre un secuestro o desaparición en curso restrinja a su auditorio información que nadie conoce, porque al ser revelada pondría en riesgo la vida de quien fue privado de su libertad, pero otra cosa muy distinta es declarar autocensura cuando ya se trata de una noticia universal.
Resulta extraña e incomprensible la conducta de la televisora. A menos que, quienes la dirigen sepan cosas que los demás ignoran. Si así fuere, no quedaría más que ir descartando las hipótesis más simples y detenerse en las que arrojan mayor complejidad.
Por ejemplo, la que apunta a un mensaje del crimen organizado o la eventual intención de intercambiar prisioneros, si es que fuera cierta la versión difundida sobre el operativo realizado el viernes pasado en Zapopan, donde habría sido capturado Ignacio Coronel, importante miembro del Cártel de Sinaloa.
Habría ocurrido días después de la detención y liberación de la ex esposa de El Chapo Guzmán (liberada según The New York Times, por intervención de Calderón para evitar "...una ronda de ataques en represalia") y, precisamente, el mismo día en que se llevaron al Jefe Diego. Todo a días de la visita de Estado de Felipe Calderón a Estados Unidos, a la que acudió como un gobierno bajo sospecha de mantener una estrategia sesgada a favor de Sinaloa (baste ver las coberturas de prensa y el reportaje de la National Public Radio sobre el particular).
Necesitado de demostrar que tal sesgo no existe, realizó acciones que afectaron al cártel más poderoso de México y éste habría reaccionado, llevándose al ex candidato presidencial. Las hipótesis se construyen con la información disponible. Unas resultan más fuertes o más débiles que otras.
Son, la "suposición de algo posible o imposible para sacar de ello una consecuencia...", lo que se establece "...provisionalmente como base de una investigación que puede confirmar o negar la validez de aquella".
Las hipótesis son, por supuesto, parte fundamental de una tarea ministerial, pero son también una herramienta clave para ciudadanos, investigadores y periodistas para el análisis y entendimiento de un suceso que afecta, de varias maneras, a un entorno social.
¿Es la autocensura igual a periodismo responsable? ¿De dónde sacan ahora que analizar o informar del asunto atenta contra la seguridad o integridad de quien ha sido privado de su libertad, habida cuenta de que ya todos saben del suceso?
¿En qué momento se falta al respeto de la familia, como sugieren, cuando se analiza y expone públicamente lo que se sabe y se piensa de tan lamentable e inaceptable situación? Por una razón desconocida, resulta ahora que no informar y abstenerse de analizar es la postura correcta.
Es decir: autocensura igual a periodismo responsable. Nadie hubiera hablado de Ingrid Betancourt en Colombia; nadie de Aldo Moro en Italia o de Patricia Hearst en Estados Unidos.
De no ser tan grave -porque el medio más poderoso del país atenta contra el derecho a la información de millones de mexicanos- resultaría ridícula e hilarante la declaratoria de autocensura en cadena nacional.

